Pche, pche, padre Alberto, cuán Real Academia Española se me pone Vd. cuando habla de matrimonio, si es que... En efecto, según la ínclita se trata de la "unión entre hombre y mujeres mediante determinados ritos", apúntese un diez. Pero en Puerto Rico también es un plato que se hace de arroz blanco y habichuelas guisadas, y para nuestra admirada Doña Botella una macedonia de frutas con sus peras y manzanas. Ya ve que todo es del color del cristal con que se mire. Si partimos del arroz blanco con habichuelas no veo yo inconveniente en pedir matrimonio a mi novia, a ambas nos gusta mucho y lo preparamos a la perfección. ¿Es legal comerlo? ¿Deberían prohibir esta exquisitez culinaria? Pero deje, Don Alberto, no me responda. Comprendo que está terriblemente ocupado salvando almas ajenas a la suya, recaudando fondos para su paupérrima iglesia, interviniendo políticamente en tantos entuertos por desfacer (¡Dura la vida de un religioso católico, le compadezco!) y tantas tareas de vital importancia a las que se ven sometidos por una sociedad inmoral, atea, indecente y que va contra la palabra de su Dios, palabra que, de todos es notorio, con sangre entra. Mire, Don Alberto, me voy a permitir un consejo y de antemano pido perdón por mi osadía: usted dedíquese a tocar la campanita, a repartir esas bonitas estampas con el corazón de Jesucristo abierto en canal (tan gore él, waww), a pasar el cepillo en su parroquia - el de saquear feligreses me refiero, el otro ya lo pasa su sivienta - y a cuanto implique sus labores de zángano pagado por toda la ciudadanía. ¿Para qué meterse en camisa de once varas? Después deberá pedir perdón como con el holocausto judio y su Santa Inquisición - aunque lleve años y hasta siglos - y entonar aquello de "donde dije digo digo Diego". ¿Le merece la pena? Creo que no, Don Alberto. Ponga una franquicia de sotanas y alzacuellos, un catering de yemas de Santa Teresa o cualquier otro negociete de buen futuro, gánese el salario con el sudor de su frente como dicen sus escrituras y ya no se coma el tarro con la vida ajena. Simplificando: déjese de joder, querido.
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Pche, pche, padre Alberto, cuán Real Academia Española se me pone Vd. cuando habla de matrimonio, si es que...
En efecto, según la ínclita se trata de la "unión entre hombre y mujeres mediante determinados ritos", apúntese un diez. Pero en Puerto Rico también es un plato que se hace de arroz blanco y habichuelas guisadas, y para nuestra admirada Doña Botella una macedonia de frutas con sus peras y manzanas. Ya ve que todo es del color del cristal con que se mire.
Si partimos del arroz blanco con habichuelas no veo yo inconveniente en pedir matrimonio a mi novia, a ambas nos gusta mucho y lo preparamos a la perfección. ¿Es legal comerlo? ¿Deberían prohibir esta exquisitez culinaria?
Pero deje, Don Alberto, no me responda. Comprendo que está terriblemente ocupado salvando almas ajenas a la suya, recaudando fondos para su paupérrima iglesia, interviniendo políticamente en tantos entuertos por desfacer (¡Dura la vida de un religioso católico, le compadezco!) y tantas tareas de vital importancia a las que se ven sometidos por una sociedad inmoral, atea, indecente y que va contra la palabra de su Dios, palabra que, de todos es notorio, con sangre entra.
Mire, Don Alberto, me voy a permitir un consejo y de antemano pido perdón por mi osadía: usted dedíquese a tocar la campanita, a repartir esas bonitas estampas con el corazón de Jesucristo abierto en canal (tan gore él, waww), a pasar el cepillo en su parroquia - el de saquear feligreses me refiero, el otro ya lo pasa su sivienta - y a cuanto implique sus labores de zángano pagado por toda la ciudadanía.
¿Para qué meterse en camisa de once varas? Después deberá pedir perdón como con el holocausto judio y su Santa Inquisición - aunque lleve años y hasta siglos - y entonar aquello de "donde dije digo digo Diego". ¿Le merece la pena? Creo que no, Don Alberto. Ponga una franquicia de sotanas y alzacuellos, un catering de yemas de Santa Teresa o cualquier otro negociete de buen futuro, gánese el salario con el sudor de su frente como dicen sus escrituras y ya no se coma el tarro con la vida ajena.
Simplificando: déjese de joder, querido.
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